Kyra Zouo
-¿Y bien?
-No hay respuesta. Sin experimentación es imposible decidir si será un avance o un retroceso.
-Esa es la principal causa que me ha llevado a requerir el permiso.
-Kyra, para serte sincero, no confío en lo que estás haciendo. El Consejo no lo aprobará.
Suspiré con serenidad, y sin dejar el tono despejado y con ligera soberbia, continué:
-Con todo respeto, usted más que nadie entiende lo mucho que esto significa para nuestra raza. ¿Se da cuenta que si funciona los contenedores dejaran de ser necesarios para nuestra subsistencia?
-Lo sé, mas no hay nada que pueda yo hacer. A diferencia de los humanos, nosotros sí ejercemos la democracia, y la voz de nuestro pueblo indica que no podemos tomarnos riesgos.
El viejo y alargado conde me sonrió levemente, mientras con su brazo levantaba la enorme capa que cargaba en sus hombros, pareciera que le fastidiaba usar esa gran capa de circo.
-Regresa a enseñar a los nuevos vampiros nuestra historia. Eres una de las mejores catedráticas del Instituto, no podemos arriesgarnos a perderte.
-¿Es eso? ¿Egoísmo? No está en mis intenciones ceder. No estoy pidiendo recursos, sólo necesito un contrato legal que me permita ponerme en contacto permanente con los humanos y que por ende, consienta a aplicar mis propios métodos, por más drásticos que sean.
Salí con aire orgulloso de la gran habitación sin perder, o al menos eso pensaba yo. Caminé por aquellos oscuros pasillos adornados a la creación del arte gótico y lúgubre, pasando varias puertas de mármol, varias gárgolas en las cenefas que me observaban, hasta llegar al salón donde mis alumnos esperaban. Tan pronto entré, el retozo jovial terminó dando paso a varias miradas que demostraban aquel respeto influido por el miedo.
-Mi nombre es Kyra Zouo, soy la profesora del cuarto semestre básico en la enseñanza de todo neófito. No anhelo subestimaciones ni rencores, y, desde ahora, la democracia del Imperio está delimitada por este espacio reducido, convirtiéndose en una monarquía absoluta.
Observé de reojo a todos y cada uno de los discípulos, descifrando sus personalidades casi al instante, me senté y crucé las piernas, mientras tomaba una pluma de cuervo y la mojaba en tinta. Había en aquel espacio nuevos vampiros de apariencias desde los quince años hasta los treinta.
-Es de suponer que ya han estudiado biología vampírica, los únicos conocimientos que demando son: cómo la energía solar afecta el metabolismo del nuevo vampiro solamente y por qué no lo hace en uno auténtico (lo cual ocurre después de vivir cien años), por qué y para qué es necesaria la esencia de vida humana en el desarrollo, práctica semi-perfecta de la conversión a quiróptero, entre los cuales deben dominar absolutamente los microquirópteros, aunque no está de más que sepan acerca de los megaquirópteros de igual forma, y, por último, concepto de “contenedor”.
En aquel espacio reinaba un silencio escalofriante, con el único sonido de mi usual voz siniestra y seductora. Consideraba que los estudiantes habían sido derrotados por la emanante maldad de mi naturaleza, o, que simplemente, estaban siendo manipulados por mi fría y pesada mirada.
-Ahora, a partir de este momento, seré su profesora por los siguientes dos semestres, para lo cual he preparado el siguiente proyecto: el mes en fecha será destinado para perfeccionar su control sobre los quirópteros; el segundo mes empezaremos a introducirnos por aproximadamente dos horas en la sociedad de los humanos para intentar entender su forma de vida; el tercero, recorreremos la ciudad, deteniéndonos en hospitales y orfanatos, así tendrán a elegir su cuerpo temporal; el resto del año será dedicado a capturar a la víctima y convertirla en un contenedor, investigar y juntar información sobre los humanos haciendo uso de éste, y, sobrevivir.
-¡Kyra!- irrumpió una grave voz junto con el portazo originado por un acto desesperado- Se acabó… tenemos que salir de aquí…
-No de nuevo…- me lamenté, buscando en mi mente el porqué: ¿por qué nos habían encontrado?
Inmediatamente comenzó a sonar la alarma que indicaba la mudanza repentina y los sombríos pasillos se llenaron en un instante de diminutos murciélagos que volaban apresuradamente en la misma dirección: cualquier sitio lejos de ahí.
Organicé con rapidez a mis alumnos, tomándolos de un brazo los ayudaba a convertirse en un microquiróptero y los empujaba entre la bandada de mamíferos voladores, para que la corriente los llevara consigo.
En menos de tres minutos el lugar se hallaba vacío, con excepción del Consejo de vampiros, el cual estaba formado por cinco personajes bastante peculiares, y yo.
-¿Quién será el voluntario?- preguntó Ulrich, el de apariencia más joven y soberbia del grupo, el mismo que había interrumpido mi clase minutos atrás, y a quien yo guardaba gran rencor por haberme introducido a la realidad en la que me hallaba atrapada. Definitivamente si hubiese podido, habría retrocedido el tiempo para no tomar aquella calle que me condujo a este inconfundible personaje que me cambió la vida para siempre.
-Yo lo haré- mencioné, caminando hacia la puerta del aula donde solía instruir.
Los cinco restantes se marcharon sin replicar. Y así, rasgué con mis largas uñas las grandes cortinas del salón, dando paso a un armario negro.
Saqué de ahí algo que para los ojos humanos parecería ser una ropa muy fina y dúctil, de un color más oscuro que mi piel propia, cuando para cualquier vampiro bien informado era una necesidad, era esto a lo que llamábamos contenedor. Seguidamente me desnudé y estiré la prenda, metí con delicadeza una pierna, luego la otra, después el cuerpo entero; la manta se ajustaba perfectamente como una capa más de piel. Me volví a vestir y saqué del bolsillo un pequeño espejo. Me miré con cuidado y sonreí: sin duda alguna la piel humana servía para muchas cosas, entre las cuales se encontraba el hecho de poder ver el reflejo propio de un vampiro en la luna del espejo.
Entonces se escuchó el ruido de alguien intentando abrir la puerta de acceso al nido. Me obligué a esconderme detrás de una columna y a esperar la invasión humana.
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